Mensaje Junio 2013 Nº 152
Palabra de Dios


“Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen  higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, de lo malo saca lo malo. Porque de lo que reboza el corazón habla su boca.” (Lc 6, 43-45)

Reflexión

Jesús es la Palabra de Dios encarnada en el seno purísimo de la Virgen María. Por ello todo cuanto nos comunicó en su paso entre nosotros es Palabra de Dios y su fruto no puede ser otro que la vida plena que el Creador ha querido otorgar al ser humano salido de sus manos.

Que importante, entonces, el peso de la palabra, la misma que hoy se valora según la conveniencia de aquel que la escucha. Pero Jesús refresca nuestra memoria con el mensaje que nos dejó respecto a su valor. Nos dice que es parte de lo que cada persona guarda en lo más íntimo de su ser: “Porque de lo que reboza el corazón habla su boca.”

Que mensaje más importante que el Señor envía a los esposos, a los padres, a los hijos, a los hermanos, a los vecinos, a los conciudadanos y al mundo en general. Al mundo de las comunicaciones y las relaciones personales.

Al valorar la importancia de la palabra que está relacionada íntimamente con la vida interior de cada cual, podemos darnos cuenta de la poca consideración que le damos ya que la utilizamos diariamente sin percatarnos que a través de ella estamos mostrando la propia realidad interior. Cuanta palabra inútil, cuantas ofensas gratuitas justificándonos en que es una manera de expresarse, lo que podría decirnos que nuestro interior no está en sintonía con lo que Dios quiere del ser creado a su imagen y semejanza.

Debemos cuidar nuestras palabras y utilizarlas para animar al que está triste o se siente fracasado, para consolar al que sufre, para educar a quienes dependen de nosotros, particularmente los hijos, para enaltecer al hermano, al amigo y no para degradarlo con la manera de tratarlo, para defender la verdad y la dignidad de la persona humana, para ir en defensa de la vida en todas sus expresiones, en especial la vida en gestación, para declarar nuestra creencia y dar un testimonio veraz de nuestra fe, para alabar y agradecer a Dios por todo el bien que nos otorga cada día y dar la cara por Él que no escatimó su propia vida, de hombre verdadero, para darla en compensación de todas nuestras faltas.

Oraciones

Primer día: Reunidos en torno a la Imagen de María o la Sagrada Familia Misionera decimos: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Oración: “Querida Madre, que nos visitas junto a tu hijo Jesús y tu amado esposo José, sean bienvenidos a nuestro hogar, en esta su peregrinación. En este mes que comienza con la celebración del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor imploramos vuestra presencia en nuestro hogar para que el tesoro de gracias que es la Eucaristía nos colme del valor y la entereza de reconocernos como cristianos dispuestos a seguir al Señor y dar razón de nuestra fe. Nos sabemos débiles y faltos del conocimiento de la verdad, pero estamos conscientes que el Espíritu Santo puede y quiere abrir nuestros ojos y nuestros oídos para escucharle, concédenos la disponibilidad de tu corazón para acoger al Señor. Amén. 
A continuación decimos las intenciones o las peticiones por las que vamos a rezar. Aconsejamos el rezo del Rosario en Familia o una decena. Concluimos con: un Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Luego decimos la siguiente jaculatoria: “Que el Señor nos bendiga, nos libre de todo mal y nos lleve a la vida eterna.” Amén. Hacemos la señal de la cruz.

Segundo día: Todo igual que el primer día. Sólo cambia la oración.

Oración: “Querida Familia de Nazaret, cuna de Jesús, donde creció como hombre verdadero. Haced que nuestro hogar sea también un santuario en que la vida, en todas sus formas, sea respetada y dignificada por nuestro estilo de vida. Concedednos la gracia de la transformación de nuestros corazones para que en ellos siempre haya un espacio privilegiado para Jesús y que ello se muestre en la forma como nos tratamos en la familia. Que nuestra vida familiar pueda ser, como lo dijo Jesús: “Sal de la tierra y Luz en las tinieblas” para que muchos se acerquen o se reencuentren con el Señor de la vida que constantemente nos está llamando aun cuando, muchas veces, somos indiferentes a su llamado. Amén.

Tercer día: Todo igual que el primer día. Sólo cambia la oración.

Oración: “Queridos Jesús, José y María, como familia agradecemos su visita que esperamos se repita para traernos la gracia de vuestra presencia y las bendiciones del Señor. Ayúdennos a acercarnos más a la Eucaristía como familia, para vivir y gustar juntos el amor de Dios que se derrama en las almas que se adhieren a Él. Queremos ser fieles al mensaje del amor que Jesús nos dio: “Ámense  los unos a los otros como yo les he amado.” Y hacer de este mandato una actitud permanente en nuestra vida personal y familiar  de manera tal que quienes nos conozcan o no, se sientan curiosos por la saber a qué obedece la razón de nuestro comportamiento y descubriéndolo se acerquen a Dios. Amén

EL CULTIVO DE LA FE EN FAMILIA

Cultivar la fe en la familia debiera ser uno de los esfuerzos particulares de toda familia cristiana, dado que es la forma más simple de ser un testimonio vivo de aquello que creemos y que está impregnado en nuestra manera de ser como comunidad familiar.

Otra forma de expresar lo que ha de ser este cultivo es presentarlo como “el estilo de vida familiar” de un hogar en que Cristo está presente en la vida diaria de los miembros de esa comunidad de amor y vida. Esto que, en principio, parece simple no se logra sin el esfuerzo particular de cada uno por ser consecuente con aquello que yace en la interioridad de cada cual “su propia fe”.
De esta manera llevaremos a la práctica todo aquello que emana de la concepción religiosa que sustentamos.

Cuando los hijos son formados sin tener presente a Dios en el día a día lo más probable es que ese ser infinito les resulte algo muy lejano y ajeno a su diario vivir. Por lo tanto es poco menos que imposible que lleven a la práctica el mensaje de fe o de la fe en la que fueron criados. Resultado de ello es que existen muchos católicos no practicantes y ajenos al día a día que ha de surgir al tener presente la enseñanza del Evangelio de Jesucristo que nos entrega ciertas normas de convivencia que, de ser practicadas, ciertamente harían de nuestro mundo un lugar diferente.

Pensemos tan solo en la ley del amor que Jesús, en su despedida, nos deja como legado “Ámense los unos a los otros como yo les he amado.” Cuan distinta resultaría la convivencia si los seres humanos en lugar de pensar en sí mismos estuviesen atentos al bienestar del otro, si hubiese una mínima intención de luchar por el Bien Común. Pero la dura realidad nos presenta que en todo nivel de cosas, muchas veces constatado con dolor, impera el individualismo que busca imponerse de diversas formas sobre los demás.

Y si esto se da en las comunidades de carácter social o religioso, con cuanta mayor razón se dará en la familia  en donde el compartir el hogar y el quehacer diario es el pan cada día. Allí también se introduce este cáncer de la desunión cuando se lucha por el interés personal y particular en lugar de hacerlo por todos los miembros, en especial por los más débiles. El Bien Común.

Las primeras comunidades cristianas nos dan un ejemplo de cómo se adquiere un estilo de vida a través del comportamiento de los miembros que la componen. De ellos se decía: “Mirad como se aman.”  El  trato personal entre quienes acudían a escuchar la palabra de los apóstoles y a compartir el pan dejaba entrever que entre ellos había una fuerza que los unía que el resto no podía comprender, produciendo en ellos esa admiración. Era como una cierta curiosidad que despertaba, incluso, un dejo de envidia. ¿Qué los unía? La fe en Cristo.

¿Se podrá decir lo mismo de nuestras familias el día de hoy? A lo mejor el rasgo imperante no es el amor. Entonces la pregunta sería ¿Cuál es el estilo de vida que los demás detectan en nosotros? ¿Nos pueden identificar como cristianos, sin que tengamos que hablar de nuestra fe o decir que lo somos?   

Cultivar nuestro estilo de vida cristiana es llevar a la práctica aquello que nos motiva interiormente a seguir las enseñanzas de Jesús. Pero para ello será necesario conocer su pensamiento, saber que es lo que nos recomienda hacer o como actuar. Si lo ignoramos difícilmente podremos seguir su enseñanza y terminaremos adecuándonos a la realidad que nos rodea, esté o no conforme al querer de Dios. La realidad actual nos señala que se sigue más el comportamiento de las mayorías en lugar de la línea que nos dicta la fe a través de la cual tenemos acceso a conocer la voluntad del Señor.

Quizás para muchos hablar de seguir el querer de Dios es como apartarse de todo cuanto nos rodea y aislarnos del resto porque pensamos distinto y todo lo proveniente del mundo lo consideramos pecado. Si así fuera eso no sería sano, pues como cristianos estamos llamados a ser testimonios vivos en medio del mundo y no a alejados de él. Debemos ser capaces, con la ayuda del Espíritu Santo de cambiar el mundo, sus estructuras y la manera de relacionarnos que se impone hoy en día. La ley de Dios no nos quiere aislados, sino que cristianizando nuestro ambiente y a quienes nos rodean.

El estilo de vida familiar cristiano dice relación con nuestra manera de ser, de actuar, de abrirnos a los demás de manera que nos sientan cercanos, aun cuando no seamos íntimos amigos, pero si respetuosos de la realidad de los demás, siempre dispuestos a brindarles un apoyo, una palabra, un saludo, una sonrisa que no nos hace más pequeños que el resto y sí nos pone en la posición de ser solidarios con quienes comparten con nosotros un mismo espacio, aunque sea ocasionalmente. Ahora si esa manera de ser está en sintonía con la propia fe seremos un testimonio vivo de lo que creemos.

La familia cristiana, como institución creada por Dios, es la primera encargada de imponer en medio de su entorno el sello de su presencia no para echar en cara de los no creyentes su falta de fe, sino para mostrarles un nuevo camino de vida hacia la vida plena que ofrece el Señor a todos cuantos se unan a Él y lo hagan parte de su núcleo familiar.

Reflexión compartida

¿De qué manera mostramos nuestra identidad de cristianos?
¿Discriminamos a quienes piensan distinto en cuestiones de fe?
¿Cómo acogemos a los desconocidos y a  los necesitados?   
¿A quienes brindamos un saludo, una sonrisa, una atención?

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