Mensaje Agosto 2013 Nº 154
Palabra de Dios


Un gran signo apareció en el cielo, una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz… La Mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono.  
Ap 12, 1-2.5

Reflexión

Al centro del mes de Agosto nos encontramos con la festividad de la Asunción de la Virgen María, en cuerpo y alma,  al Cielo. Y la narración de la visión del apóstol Juan nos muestra una gran señal aparecida en el Cielo que es la de una Mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas. Para la iglesia esta Mujer no es otra que nuestra Santísima Madre asunta al Cielo y coronada como Reina y soberana de todo lo creado. 

Ella es la Madre del Hijo de Dios encarnado en Jesús de Nazaret, muerto y resucitado que ascendió a la Gloria y está junto al Padre, a quien la Iglesia espera y clama por su venida, repitiendo en cada Misa: “Ven, Señor, Jesús”. María es el prototipo del cristiano que permaneciendo fiel al amor de Dios está destinado a vivir en la Gloria del Padre. Por ello la Iglesia la celebra y la llama bienaventurada, abogada y auxilio del cristiano que, como Madre, vela por nosotros sus hijos. 

El 6 de Agosto, en su transfiguración Jesús nos da un anticipo de la Gloria al aparecer frente a sus discípulos conversando con Moisés y Elías. Esa es la situación que ostenta nuestra Santísima Madre allá en el Cielo, en unión a su Amado Hijo, en la presencia del Padre.

Esa es la felicidad que María desea compartir con todos nosotros, por ello nos pide rezar por los pecadores para que nadie se pierda de ese encuentro feliz con y en Dios. Esa es su gran preocupación: que sus hijos se salven, pues quiere tenerlos junto a sí en la presencia del Padre.

Escuchemos su voz de Madre que permanentemente nos llama para que nos adhiramos al corazón de su Hijo Amado y así caminemos seguros en la certeza de que si somos fieles al amor que Dios nos ha regalado, será ella quien vendrá a nuestro encuentro el día que el Señor nos llame de este mundo.

Caminemos confiados en su protección y pongámonos a su disposición para ayudarla en su cometido de llevar a los pecadores al encuentro con Cristo. Ella es la Medianera de todas las gracias por voluntad del eterno Padre.

Oraciones 

Primer día: Reunidos en torno a la Imagen de María o la Sagrada Familia Misionera decimos: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Oración: “Querida Madre, que nos visitas junto a tu hijo Jesús y tu amado esposo José, sean bienvenidos a nuestro hogar. En este mes que celebramos tu asunción al Cielo para estar junto a tu Hijo Amado, imploramos de ti, Medianera de todas las gracias, nos alcances del Señor la virtud de la unidad, para vivir como familia, en un ambiente de solidaridad y respeto mutuo, los valores que viviste junto a los tuyos en el hogar de Nazaret. Que el amor de Dios reine en nuestros corazones y sea luz para cuantos no lo han desarrollado y viven en medio de la discordia, la incomprensión y el egoísmo que les impide ser felices como el Señor lo desea y lo estableció en la creación. Amén. 

A continuación decimos las intenciones o las peticiones por las que vamos a rezar. Aconsejamos el rezo del Rosario en Familia o una decena. Concluimos con: un Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Luego decimos la siguiente jaculatoria: “Que el Señor nos bendiga, nos libre de todo mal y nos lleve a la vida eterna.” Amén. Hacemos la señal de la cruz.

Segundo día: Todo igual que el primer día. Sólo cambia la oración.

Oración: “Querida Familia de Nazaret, escuela de formación del corazón del pequeño Jesús que el Padre Dios puso en vuestras manos. Concédannos la gracia de hacer de nuestro hogar, no sólo el lugar que nos cobija y nos da seguridad, sino la cuna de los verdaderos valores que han de alimentar la vida de todo cristiano. Que sea el espacio seguro en donde podamos encontrarnos con el Señor y su mensaje de vida. Que seamos en el mundo esa pequeña Iglesia en donde se adore a Dios por su infinita providencia, dejándonos transformar en testimonios vivos de fe y misioneros del amor que Dios ha sembrado en nuestros corazones y nos llama a cultivarlo por el bien de nuestros hermanos. Amén.

Tercer día: Todo igual que el primer día. Sólo cambia la oración.

Oración: “Queridos Jesús, José y María, como familia agradecemos su visita.  Les rogamos se queden en la intimidad de nuestros corazones como ese faro de esperanza que nos señale siempre el puerto seguro hacia donde encaminar nuestra frágil barca que transporta nuestra vida, a fin de que nos mantengamos fieles en el amor a Dios, a nuestros familiares, amigos y conocidos. Así seamos generosos para rogar por los pecadores y hacer cuanto esté de nuestra parte para acercarlos al Señor.  Que quienes nos rodean puedan descubrir en nuestra vida los rasgos del amor de Jesucristo que nos amó hasta dar su vida por cada uno y nos invita a hacer lo mismo con todos. Amén.

LOS PADRES  II

La sabiduría eterna del Creador quiso que existieran el varón y la mujer no como dos seres más dentro del cúmulo de seres vivos, sino dos seres íntimamente ligados por un lazo único y fundamental que es el amor. Por ello hemos sido hechos seres complementarios, vale decir que todos adolecemos de esa contraparte que nos permite mirar y asumir la realidad de perspectivas distintas, pero complementarias entre sí. Es por ello que en la gestación de un nuevo ser, tanto varón, como mujer, cada cual desde su realidad, hace su aporte con las células de vida que lleva en sí mismo. Y a cada cual le corresponderá desempeñar un papel importantísimo en la vida de ese nuevo ser.

Así, por una parte a la mujer corresponderá la tarea de gestar en su propio seno el don de la vida concebida por la unión de las células aportadas por ambos, pero el varón debe responder a su calidad de tal aportando todo su esfuerzo en la protección, el cuidado de la mujer, velando porque su entorno sea verdaderamente el nido que ha de acoger a ese nuevo ser que es don de Dios en la vida de los padres.

Pero ello no es todo y ha de llegar el momento de encauzar la vida del hijo que Dios ha puesto en sus manos y bajo su responsabilidad. Cualquier padre intuiría que no es posible una familia coherente y una educación eficaz si no existe un genuino esfuerzo por mejorar cada día la relación matrimonial, base de la familia que han constituido. Pero la cruda realidad nos muestra una faceta  muy poco grata, por decir lo menos. ¿Cuántos niños, hoy, crecen en familias sin padre a causa del flagelo del divorcio, con una maternidad en solitario o con cambios de pareja?

Debemos pensar que los hijos no tocan en un sorteo desconocido por lo que debemos empeñarnos en poner todo nuestro esfuerzo e interés en lograr reciban una educación formal e integral; que sean alegres, generosos, trabajadores en el cumplimiento de sus deberes, religiosos y dóciles a la voz del amor. Pero si por dejación, pereza, falta de formación o amor mal entendido, erramos el camino, terminaremos por preguntarnos: ¿Cómo ha sido posible que nuestro angelito se haya transformado en ese ser egoísta, grosero y maleducado que hoy tenemos con nosotros y nos hace salir “canas verdes”?

Leía, hace poco el comentario de una mujer que decía: “Ser Madre es un milagro, una bendición, las sensaciones son indescriptibles, es el don mas precioso para la mujer y da ese toque de divinidad único. Desde la gestación la experiencia de ser mamá se agiganta día a día, creándose un amor inmenso, infinito y eterno. Los hijos vienen a llenarnos de tantas bendiciones; en realidad le dan sentido a nuestra existencia porque son vida y continuidad de la humanidad.  Los sacrificios y esfuerzos que por ellos hacemos se desvanecen con una sola sonrisa, y con una de esas miradas llenas de dulzura y ternura que parecen que pudieran abrazarnos con sus ojos.”

Por su parte el padre debe esforzarse por establecer una relación abierta y cordial con los hijos. De lo contrario, cuanto más crezcan sin que se haya creado un vínculo con ellos, más incómodo se sentirá, menos interés tendrá de pasar tiempo en casa. Es así como muchos se transforman en trabajólicos dando mayor relevancia al trabajo que al estar con la familia. Son hombres inseguros que pasan horas en la oficina o con los amigos, huyendo de su casa, evitando la intimidad o los conflictos con la esposa. Hombres cuya fuente  de su autoestima es su trabajo, pero que, sin embargo le dicen a su familia: “Hago todo esto por ustedes.”

Ser padres buenos no es tan difícil, pero ser buenos padres si lo es. Basta tener el corazón blando para ser padres buenos, en cambio tener una voluntad más fuerte y la cabeza fría para ejercer la autoridad no bastan para ser buenos padres. Los padres buenos  quieren sin pensar, los buenos padres piensan para querer. Los buenos padres dicen sí cuando es sí y no cuando es no. Los padres buenos sólo saben decir sí. Los padres buenos hacen de sus niños pequeños dioses que luego serán pequeños demonios. Los buenos padres no hacen ídolos; viven en la presencia del único Dios del cual son su reflejo.

Ellos fomentan la imaginación y la creatividad de sus hijos permitiéndoles jugar con su fantasía. Los padres buenos, en su afán de dar lo mejor le llenan de bienes que el niño no sabe utilizar en provecho de su vida, esforzándose por darle una vida cómoda sin sobresaltos ni esfuerzos. Basta con mirar los juegos electrónicos y el uso indiscriminado de teléfonos y otras implementaciones para entretenerlos, sin percatarse del daño que ello pueda ocasionarles.

Los buenos padres templan el carácter de sus hijos llevándolos por el camino del deber, sus responsabilidades y el trabajo. En su vejez recibirán el cariño y el respeto de las generaciones más jóvenes que comprenderán sus limitaciones y responderán responsablemente al amor recibido. Por su parte, los padres buenos llegarán a su vejez, decepcionados y tardíamente arrepentidos por la indiferencia de los suyos, la poca consideración con su entrega y la amargura de sentirse marginados de la vida de familia que con esfuerzo y a su manera construyeron.         
            
Reflexión compartida

¿Cuáles son mis sentimientos de madre respecto a nuestros hijos?
¿Cuáles son mis sentimientos de padre respecto a nuestros hijos?
¿Somos padres buenos o buenos padres?         
¿Somos conscientes de que representamos la paternidad de Dios frente a ellos?    

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