MENSAJE ABRIL 2013 N° 150 
Palabra de Dios.

       

El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro. Entraron pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Asustadas, inclinaron el rostro a tierra, pero les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí ha resucitado.” (Lc 24, 1-6)

Reflexión.

La experiencia de la resurrección que vivieron las mujeres que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús, las transforma en las primeras testigos de un hecho que no sólo las impacta, sino que las impulsa a correr a comunicarlo a sus discípulos que habían sido sus más cercanos.

Hoy en día somos nosotros que, por la vía de la fe participamos de la resurrección del Señor y estamos llamados a ser esos testigos que comuniquen a otros que el Señor es un Dios Vivo y está presente en medio nuestro, aun cuando no podamos apreciarlo con nuestros sentidos naturales, pero sí con los sentidos del alma.

Nuestra fe ha sido puesta a prueba en el tiempo de Cuaresma y es muy cierto que más de alguno habrá sentido que sus convicciones religiosas tambalean, pues nadie esperaba un hecho como la renuncia del Santo Padre, lo que produjo dudas en algunos y desconcierto en otros. Ello es una demostración más de que nuestra fragilidad religiosa está latente y es necesario cultivar nuestra fe y ejercitar nuestras convicciones para hacer frente a los embates del mal que pretende aprovechar estas circunstancias humanas para hacernos dudar de nuestras creencias.

Cristo Jesús está vivo y eso no sólo debe llenarnos de gozo, sino que debe impulsarnos a salir para comunicar está Buena Nueva y no quedarnos en una contemplación que nos aleje de la realidad para gustar privadamente la alegría de que Dios está en medio nuestro. Él está vivo pero requiere de agentes que vayan por el mundo dando testimonio de ello, ya que las fuerzas del mal no descansan y tratan, por todos los medios, de convencer al hombre que Dios no existe. Cada uno de nosotros ha de ser un cristiano que, por desborde de alegría, muestre al mundo la presencia de Dios en el presente de nuestra historia. La Iglesia requiere del coraje y valentía de sus hijos para dar razón de nuestra Fe.

Oraciones

Primer día: Reunidos en torno a la Imagen de María o la Sagrada Familia Misionera decimos: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Oración: “Querida Madre, que nos visitas junto a tu hijo Jesús y tu amado esposo José, sean bienvenidos a nuestro hogar, en esta su peregrinación. Quisiéramos que en este mes estuvieran muy cerca nuestro para compartir con ustedes la alegría por la Resurrección de Jesús nuestro Señor y Salvador. Impregnen nuestros corazones con los mismos sentimientos con que recibieron a Cristo Resucitado. Particularmente tú Madre que lo tuviste muerto entre tus brazos y luego tuviste la dicha de verlo glorioso y triunfante el día de su resurrección. Que como familia podamos vivir esa alegría y así dar testimonio de que Cristo está presente, que es un Dios Vivo y cercano. Amén.

A continuación decimos las intenciones o las peticiones por las que vamos a rezar. Aconsejamos el rezo del Rosario en Familia o una decena. Concluimos con: un Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Luego decimos la siguiente jaculatoria: “Que el Señor nos bendiga, nos libre de todo mal y nos lleve a la vida eterna.” Amén. Hacemos la señal de la cruz.

Segundo día: Todo igual que el primer día. Sólo cambia la oración.

Oración: “Querida Familia de Nazaret, cuna de Jesús, donde creció como hombre verdadero, al amparo del amor que ustedes le prodigaron. Les rogamos por nuestra familia, para que en ella la llama de la Fe se mantenga encendida y pueda ser la luz que alumbre a otros el camino para el encuentro con Cristo Resucitado presente hoy en el mundo a través de sus miembros de los que Él es la cabeza.  Que podamos experimentar la unidad que la Iglesia necesita en estos tiempos y vivir como hermanos en nuestras comunidades a partir de compartir el amor en el hogar y así ser capaces de amar a los demás como Jesús nos mandó. Amén.

Tercer día: Todo igual que el primer día. Sólo cambia la oración.

Oración: “Queridos Jesús, José y María, como familia agradecemos su visita que esperamos se repita para traernos la gracia de vuestra presencia y las bendiciones del Señor, para mantenernos fieles al amor que día a día nos regala. Queremos ser parte de un mundo nuevo, renovado por la Sangre divina derramada en la Cruz para liberarnos de las ataduras del pecado que tiende a aprisionar a quienes se alejan de Dios. Concedednos la gracia de ser consecuentes con nuestro nombre de cristianos para ser testigos del amor de Dios por todos sus hijos, ayudando a volver a encontrarse con el Señor a quienes por diversos motivos se han alejado de su lado poniendo en peligro su alma. Amén.

LA FAMILIA EDUCADORA DE LA FE

Vivimos una época en que todo lo que no tenga relación con los avances tecnológicos, la liberalidad en las costumbres y el mayor placer con el menor esfuerzo, carece de sentido o al menos se le considera de relativa importancia. Es lo que sucede con la religión, la fe, la dignidad de la persona humana y su relación con Dios, a quien se considera un invento de mentes no evolucionadas que pretenden sacar partido de quienes se adhieran a esos criterios, por lo que su existencia es negada rotundamente.

Cuando el hombre se detiene y se da el tiempo de contemplar la realidad y su propio ser, se percata que hay respuestas que no puede encontrar en el mundo que le rodea, en las ciencias humanas y en las elucubraciones de mentes acaloradas. No obstante tras esas incógnitas hay un cúmulo de verdades que exigen, al menos, un esfuerzo particular para llegar a sus respuestas. Dentro de estas incógnitas esta la existencia de Dios, el hombre como su criatura y la relación entre ambas realidades.

En la declaración conciliar “Gravissimum Educationis” se nos recuerda que: “la finalidad de la educación es promover la perfección integral de la persona humana. Como también el bien de la sociedad terrena, para la edificación de un mundo más humano.” “La perfección integral de la persona humana conduce a la noción de una verdadera educación. Por ello, una auténtica educación no puede prescindir de la vocación del hombre en su relación con Dios.”

Aquí es donde se introduce la fe como una realidad intangible que surge en el corazón del ser humano, una necesidad, un requerimiento de la propia naturaleza que no encuentra en la realidad terrena la respuesta adecuada a su inquietud. Artífices de este despertar de la fe han de ser los padres, los primeros educadores del desarrollo integral del hijo.

Debido a una actitud machista imperante en nuestra cultura, el varón, poco a poco se fue evadiendo de esta responsabilidad, siendo la madre quien asume desde el primer instante de la vida de sus hijos esta responsabilidad, la que, muchas veces, perdura hasta tanto estos son adultos. Y no sólo frente a la fe se ha marginado el varón, sino que en términos generales, en la responsabilidad integral por la educación.

Educar es extraer de la interioridad del ser aquellas virtudes o potencialidades que le permiten desarrollarse en los diversos campos de la actividad humana. Así la madre cuando enseña a sus hijos a rezar, inconscientemente está entregando esa respuesta que la naturaleza exige. Al no hacerlo se va generando en el ser un vacío que más tarde, ya como ser consciente, tratará de llenarlo con todo aquello que impresiona sus sentidos, no encontrando en su afán las respuestas requeridas. Es por ello que decimos que el acento en la educación ha de estar puesto en el “ser”, más que en el “tener.”

La Familia, como célula básica de la sociedad debe estar consciente de este principio y ha de velar porque sus miembros logren un desarrollo integral como personas. Ciertamente que en la Familia no se aprenderán materias específicas inherentes a las ciencias o la tecnología, pero sí ha de ser la cuna de todo aquello que corresponda a la antropología que toca los fundamentos de la sociedad: La dignidad de la persona humana, el matrimonio, la familia, la fe, el estilo de vida que promueve valores, las relaciones humanas y con el mundo sobrenatural.

En este aspecto el desarrollo de un ser creyente y practicante exige de los progenitores un compromiso particular que ha de llevarles a educar más que con las palabras con el ejemplo de vida. Con ello estaremos haciendo más llano y seguro el caminar de los hijos hacia la plenitud de vida que Dios promete a cuantos se adhieran a Él y se mantengan fieles a su determinación hasta el final de sus vidas. No estarán libres de las dificultades, pero tendrán las mejores herramientas para vencerlas y lograr la meta final para la que fuimos creados.

La educación en la fe en la familia parte porque los unos sean creíbles para los otros, siendo prioritario el que los padres sean creíbles para sus hijos. Así la madre lleva los hijos al padre y es el puente par que este varón asuma el deber que le compete como varón, aunque no siempre es así, pues son muchos los que se marginan de esta responsabilidad.

Si los hijos logran creer en quien los ama, sin ser defraudados por estos, su desarrollo será tanto más armonioso si junto a la preparación para la vida en sociedad se les muestra el camino hacia el encuentro con el Dios de la vida. Esta actitud enseña una verdad que trasciende, pues pasarán los años y el corazón estará impregnado por la enseñanza hecha con amor.
No debemos olvidar que los padres son reflejo de Dios en su maternidad y paternidad. Por eso, tanto menos les costará adherirse por la Fe a la paternidad del Padre Dios si llevan en sí la experiencia amorosa de la adhesión a sus propios padres terrenos.

Reflexión compartida.

¿Cómo hemos educado a nuestros hijos para que sean creyentes?
¿Cuál ha sido la experiencia personal en el desarrollo de la propia Fe?
¿Creemos por herencia, por una experiencia personal o una necesidad?
¿Somos capaces de dar razón de nuestra propia Fe o no?
¿Hemos hecho algo para crecer en la Fe o esperamos poder hacerlo?

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